Y llegaron las Fiestas Patrias… ¡tikitikiti!

Por Biut y Agencias

Ante tanto asado, viajes, y descontrol con la comida y el alcohol, decidí ir en contra de todo consumo masivo y celebrar a mi Chile querido de una manera sustentable.

¿Sabían ustedes cuánto contamina una parrilla, quemar carbón, luego la  carne? El Director del Centro de Sustentabilidad de la UNAB, Marcelo Mena, el año pasado dijo que “el consumo de carne es uno de los causantes de las emisiones de dióxido de carbono” y que “un simple asado de carne es equivalente a 40 kilómetros recorridos de micros remodeladas, 400 kilómetros de un bus Transantiago o el equivalente a 1.300 días en metro”.  Es más, el experto declaró que “desde el año 2.000 que en Santiago se han superado las normas diarias de material particulado PM 2.5 (norma actualmente utilizada en USA) cada 18 de septiembre y días asociados, en las estaciones de Parque O’ Higgins, La Florida, e incluso Las Condes (el año 2005)”, cifras que no son para nada menores.
 
Ahhhh noooo, me traumé con las fondas, ¿me entienden? Yo en cambio decidí comerme un rico costillar de cerdo al horno, que en mi caso es eléctrico. Así no uso carbón, ni gas y punto, un costillar verde. Si a esto le sumo mis ricas compras de la feria local, la tradición no se pierde donde obviamente sacas la carne ya cocida y te la comes en el patio. Punto.

Ahora, si te gusta quedar pasado a humo, te puedes ir a dar una vuelta a la casa de algún vecino que esté quemando palos como un troglodita y esperas que la ropa se te impregne. Luego vuelves a tu asado ecológico.  Ahora bien, si aún así te gusta el carbón, haz “asado pooling”, y comparte la parrilla; por lo menos así minimizas en algo el impacto. ¿Te parece?

Ya niñas, les sigo contando mi 18. Luego de este asado, a mi estilo obvio; resulto en algo tan impopular que terminó temprano porque todos mis amigos decidieron partir antes (no sabría explicar el motivo). Yo creo que tiene que ver con algo más antropológico en donde nos gusta el estar alrededor de una fogata que esta vez es carbón. O sea, la parrilla como punto de encuentro social.

Así como me quedé sola, decidí explorar las tan tradicionales fondas dieciocheras. Me puse mi atuendo más popular y folklórico y me ensarte una chupalla para mezclarme entre la gente. Cuando llegué al lugar, decenas de hombrecitos muy populares se me acercaron para invitarme un cachito de chicha, o por lo menos eso fue lo que escuché. Por Dios, ¡que haya sido eso! Agradecida de todos por sus invitaciones entré a la fonda oficial. Un espacio enorme, con mucha luz artificial y obvio, música tan fuerte que más parecía contaminación acústica que lugar de baile. No que horror, hasta señoras con guaguas había.

En el lugar, corrían los jarros de chicha, los terremotos, los anticuchos y empanadas, de fondo se escuchaban cumbias, salsas, merengues… y yo con mi chupalla esperando la cueca y el huaso rosadito que me sacara a bailar. NADA. Huasos, ninguno, rosadito, menos. Mientras esperaba que sonara la cueca, decidí probar el famoso terremoto. Con tanta champagne, mojitos, y martinis, pensé: “ay! estamos en Fiestas Patrias, vamos a tomar algo popular”. Cuando llega el vaso como de medio litro, rebasado con una sustancia blanca el cual no me pareció para nada distinguido, me dije, que va, ya estamos acá, hay que entregarse. Probé un sorbo y no pude creerlo. ¡De qué me he perdido toda la vida! Pues seguí bebiendo ese exquisito elixir mágico que me hizo ver a todos los hombres del lugar de otra manera. Sí, niñas, efecto alcohol impactando en lo visual.

Al ritmo de la cumbia, no supe cómo mi cuerpo comenzó a moverse. No lo podía controlar. Llamé al huaso que me atendió y le pedí otro terremoto mientras disfrutaba mirando a la gente cómo bailaba. Quince minutos después, llamé a mi huaso que tan bien me había atendido, lo tomé de la cintura y lo lleve a la pista a bailar cumbia. Él, con los ojos desorbitados ante tan inesperada invitación me siguió y bailamos hasta el amanecer.

Su jefa, una señora robusta que respondía al nombre de Bertita, fue en varias ocasiones a buscarlo porque había abandonado a las mesas que atendía, pero él siguió bailando junto a mí hasta que a lo lejos escuchó la esperada cueca de la noche. Tomé mi pañuelo del cuello, me lo puse en la mano y comencé a zapatear como me enseñaron las monjas en el colegio. Sueño cumplido. Fui del pueblo, conviví con los insustentables seres, entre el humo de las parrillas, entre el alcohol desmedido… fui una más, bailando con mi huaso oscurito y cariñoso. Entonces pensé, “qué va!”, Fiestas Patrias sin asado a la parrilla, sin alcohol y sin cumbias, no son Fiestas Patrias, así que para la próxima hago mi propia fonda verde y sustentable… La fonda de Green Apple, flor de un Green Business chilenos, así que para el 2012 chicas, las invito… ¡viva Chile mierda!

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