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Crítica de cine: Estrenos de esta semana

Por Biut y Agencias

 

Scream 4

(Crítica por Pablo Marín)

El joven guionista Kevin Williamson acertó en 1995 al venderle a Miramax la historia de un asesino que juega con las pautas de los asesinos seriales del cine. Con la dirección de Wes Craven, cuya Pesadilla es ahí homenajeada, Scream fue taquillazo y motivo de celebración para la crítica, que valoró la tensión y eficacia narrativas, así como un sentido del humor que rimaba sin esfuerzo aparente con las dosis de horror. Pero lo que Scream tenía de sátira pasó rápido a la parodia y al remedo, gracias a sagas como Scary movie, pero también a la propia franquicia: la segunda y tercera parte no podían seguir administrando la autoconciencia de género sin asumir que ella misma era una fórmula que se sobreexplotó en un rato.

Pero una década después de la última entrega, Williamson retomó las riendas, produciendo y escribiendo, siempre con Craven al frente. Y siguió con el raspado de olla. Esta vez a partir del regreso a Woodsboro de Sydney (Neve Campbell), la chica que increíblemente zafó de la carnicería original y ahora llega a presentar un libro donde exorciza sus demonios. Pero su sola presencia da pie a la reaparición de “Ghostface”, el asesino de la franquicia, quien hace ubicuamente de las suyas. Si la primera Scream arrancó con una escena de 12 minutos llena de sorpresiva artesanía, la cuarta chapotea en su propia leyenda, ofreciendo partidas falsas e ironías estériles. Re-rebarajar el naipe genérico ya no es chiste.

Scream 4

De Wes Craven.
Con Neve Campbell, Courteney Cox.
Mayores de 14 años.

Los agentes del destino

(Crítica por Gonzalo Maza)

Según Adrian Martin, uno de los elementos esenciales que definen al cine moderno es el misterio. O lo que el crítico australiano define como la pregunta que se hace todo espectador desde el primer momento que empieza a ver una película. “¿Qué va a pasar?” es, entonces, el cuestionamiento esencial  y el cine moderno se las arregla por nunca entregar una respuesta definitiva, sino que la hace rebotar al máximo. En ese mecanismo, que tan bien entendieron algunos y tan mal entendieron otros, radicaría buena parte de su poesía.

Algo similar ocurre con el cine de ciencia ficción, que cuando es memorable se plantea desde la belleza de sus premisas: lo magnífico de un misterio es que quizás nunca deba resolverse, que las respuestas a las primeras preguntas abran otras preguntas, como ventanas que abren otras ventanas, y que en esa constante mantenga al espectador tan atrapado como en el primer momento. En el caso del escritor Philip K. Dick, que tantas premisas regaló al cine desde sus cuentos, muchas veces se traiciona la economía magnífica de sus recursos con lo que el metraje del cine obliga. Se deben alargar las vueltas de tuercas y las historias para hacer lo que hasta el más inocente de los espectadores reconoce, critica y llama de mala manera como “estirar el chicle”.

En Los agentes del destino se cae en ese vicio, lamentablemente. La película parte magnífica: un candidato a senador (Matt Damon) tiene sus raíces ancladas en la tierra por su origen proletario y las vivencias dolorosas de su pasado. Es un self-made man honesto, directo, con sentido del humor. Sin embargo, por un tonto escándalo, el candidato pierde, y en el baño del hotel donde debe dar su discurso final conoce a una misteriosa mujer (bella, magnética, divertida Emily Blunt), a la que besa y deja ir. El candidato hace entonces el mejor discurso de su carrera y queda plantado para seguir en la próxima elección. Expectación pura: ¿Qué va a pasar acá?

Tres meses después, la mujer aparece nuevamente, en un bus. Se sientan juntos, ella le da su teléfono, y cuando llega a su oficina, ocurre lo imposible: ese puro hecho no debió haber ocurrido y unos agentes con sombrero de ala son los encargados porque no se tuerza el destino que ya está escrito. Lo amarran, le quitan la tarjeta con el teléfono, la queman, lo sueltan. Le dicen que olvide todo. Se van.

Lo que viene, entonces, es la lucha por entender del espectador: 1) ¿Quién es esa mujer? 2) ¿Quienes son esos agentes? y 3) ¿Por qué se supone que nunca más debe volver a verla? La mala noticia es que dos de las tres preguntas se contestan malamente en la trama propuesta, porque precisamente no debieron ser nunca contestadas. Los límites de la narrativa están en las soluciones concretas a propuestas evocativas. Tratar de explicar lo inexplicable es siempre una pérdida de tiempo (particularmente si se hace con diálogos, pecado infinito de El origen) cuando precisamente sortear lo inexplicable tiene mayor mérito y es, digamos, el mayor descubrimiento de lo moderno: una lógica narrativa que bien puede tener sus raíces literarias en Alicia en el país de las maravillas y se conecta en el cine en las alturas de 2001, Odisea del espacio. Lo real no tiene importancia, lo que importa es el viaje. Cuando se olvida este simple postulado, todo lo que queda es chicle.

Los agentes del destino
Dir: George Nolfi.
Con Matt Damon, Emily Blunt.
106 minutos.Suspenso-Ciencia Ficción.

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