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[Columna] Padres sanos, hijos felices

Nuestros hijos aprenderán observándonos en cada detalle. La culpa no es el lugar adecuado. En cambio, la responsabilidad admite un acto justo de consciencia.

Marcelo Abarca M@marcelo.psicoterapia Master Reiki Coach Humanista

Por Biut

¿Acaso puedo ser un mal padre o madre? En rigor podríamos realizar un gran debate y pensar que siempre queremos ser buenos padres, pero podemos equivocarnos muchas veces. No existe una escuela formal que dé directrices para desarrollarnos en el “bien-hacer parental”. Contamos con un sentido común, con una serie de valores y creencias de la relación Padres e Hijos, pero el cuestionamiento es permanentemente repetido: “¿Lo estaré haciendo bien?”.

Sin embargo, debemos comprender que la escuela de nuestros propios padres y nuestra experiencia como hijos es lo que condicionará nuestro rol.

Así es, nuestros padres habrán aprendido de sus padres, y así, de generación en generación, viviendo esta experiencia en un contexto lleno de creencias y circunstancias culturales predominantes. Cada generación tendrá paradigmas que incidirán en sus conductas o comportamientos, en sus traumas y dolores. Eso puede ser tan angustiante, que ahí nos viene la “culpa”.

Raya para la suma, ¿nuestros hijos serán realmente felices si no hemos sanado nuestras propias dolencias? ¿Cuánto de aquello les transmitimos en una serie de significados muchas veces incoherentes desde nuestro sentir, pensar y actuar?

Sanarse implica responsabilidad. Atender nuestras dolencias emocionales y traumas que han sido inducidos en nuestra infancia, que no hemos resuelto y nos persiguen en cada significado de cada experiencia y su respectiva creencia, generan complicaciones en nuestras relaciones interpersonales, desde ahí que resulta una necesidad imperiosa de hacerse cargo y sanarse.

Debemos asumir esta responsabilidad, pues nuestros hijos aprenderán observándonos en cada detalle, en cada palabra, en cada acción. La culpa no es el lugar adecuado. En cambio, la responsabilidad admite un acto justo de consciencia, y esta consciencia en la convicción de estar presente, en el aquí y en el ahora, que permite estar atento a las consecuencias de nuestro hacer y ser, lo llamado “kármico”.

Transmitir a nuestros hijos alegría y cariño es absolutamente necesario, el apego realizado desde los primeros instantes de su vida es vital. Pero hay algo que no debemos minimizar: la comunicación. Aquella comunicación que no es exclusivamente verbal (7% de la comunicación), sino que en toda su extensión paralingüística (38%) y profundamente en lo no verbal (55%), porque todo comunica.

En este diálogo entre padres e hijos, se pueden instalar componentes positivos como negativos, que resultarán de lo más beneficioso o dañino en su evolución infanto-juvenil.

Cada acción es comunicación. El apego en la lactancia comunica en el bebé atención y cuidados que le proporcionan tranquilidad en su ansiedad y miedo, más allá de su alimentación. Un buen apego realizado por ambos padres entrega amor, que como experiencia redundará en significados positivos en el bebé; si existe estrés o desinterés en este momento, los significados serán negativos en la relación parental. De esta manera, debemos ser conscientes pues cada palabra y acción comunicará, dejando significados en el inconsciente y en el consciente de nuestros hijos.

Teniendo la intención de ser buenos padres, nuestro compromiso será educar y guiar transmitiendo valores e ideas, además de creencias sanas, que formen hábitos y formas de vivir la vida en plenitud. Cada experiencia de un hijo le permite crecer, aprender y comprender lo que es la vida, en primera instancia, lo aprende de sus padres porque son sus modelos, luego con sus próximos sistemas relacionales. La base construida en la familia tendrá relevancia si es coherente y fuerte en sus creencias; si se expresa con claridad en el abanico de valores y objetivos de su sistema familiar; si su manejo de emociones le permite enfrentar la frustración, el miedo, la ansiedad y los conflictos; si su comunicación tiene la fuerza y claridad para expresar sus ideas y sentimientos; si su autoestima y autoconcepto se ha construido con amor y resiliencia; y, finalmente, si sus padres le entregaron la confianza para creer en sus ideas, crecer con sus aptitudes y habilidades, y descubrir sus intereses.

Un niño feliz será reflejo de padres felices.

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