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Paponas: las orgullosas hijas de papá

Camila, Daniela, Natalia y Francisca. Cuatro mujeres, de distintas edades y que no se conocen entre si, pero que tienen una característica en común: son eternas admiradoras de sus padres. Estos son sus propios testimonios y de cómo llegaron a generar una relación inquebrantable.

Por Maria Jose Blanco

Enrique (72) y Camila Marnich (27)

Creo que todas las mujeres amamos a nuestros padres y los vemos como héroes desde que abrimos los ojos hasta el fin de nuestros días, pero déjenme contarles porque adoro al mío.

Crecí en una familia tradicional, pero para la época (plenos ’90), fuimos unos rupturistas. Mi mamá decidió independizarse de la firma de abogados en la que trabajaba y empezar una propia, y mi papá dejó su trabajo para quedarse en la casa y armar su oficina ahí. Ellos se llevan por 14 años de diferencia; yo nací cuando él tenía 45, así que un stay-at-home dad a su edad era lo más extraño que había. Pero lo era para el resto. Para mi siempre fue lo máximo que al salir del colegio, en el típico grupo de mamás y tías del furgón que esperan a los niños, el florero de mesa era mi papá, el único hombre esperando por sus hijas en un grupo de mujeres que, aunque él diga que no, sé que encontraban que él era el máximo panorama del día para ir a mirar.

En los comerciales para el día de la madre todos agradecen que la suya haya llevado el almuerzo al colegio o los materiales cuando se quedaban encima de la mesa del comedor -o cuando habías olvidado comprarlos-, o tener sopaipillas en la casa en pleno invierno, pero yo se lo agradezco a mi papá. También que me ayudara en los trabajos de arte, en ser anfitrión en mis cumpleaños y enseñarme que nunca hay que hacer lo que no nos gustaría que nos hicieran.

En tiempos donde no era común que el hombre se dedicara a la casa y la mujer fuera ‘jefa de hogar’, el mío destacó por sobre los demás. Y lo hace hasta el día de hoy, que ya me fui de la casa y corre a mi rescate cuando se me quema el diferencial del departamento, o cuando me quejaba de la ola de calor que hubo en enero y me dejó de regalo un ventilador instalado en la pieza.
A sus 72 años mi papá elige sus batallas, se ríe más y se preocupa menos, hace las paces con sus sombras y abraza con más ganas sus luces. Pero lo mejor es que aún está a mi lado, y aunque este domingo no pueda celebrar el día con él por estar en otro país, espero que estas palabras puedan enmendar un poco mi ausencia.

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Enrique y Camila, antes de que ella partiera a Estados Unidos.

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Hugo (46) y Daniela Galdames (26)

Siempre que empiezo a escribir, es inevitable ponerme a ver la carpeta de fotos que tengo de él. Y bueno, tengo que partir diciendo que me hice fan de mi papá, durante el último tiempo que él estuvo vivo. Sí, durante el último tiempo que estuvo vivo. Siempre que llega esta fecha, trato de pensar qué decir, qué contar de él o cuáles serían las palabras precisas que debería ocupar para describirlo o para poder explayarme sobre él. Creo que el tiempo es relativo, pero cuando se van sumando días y años sin ver a una persona, sobre todo a una de las que más puedes amar en tu vida, es como si el tiempo se volviera eterno.

La vida es bastante sabia en ponernos las situaciones frente a nuestras narices, sin que nosotros sepamos, para que el día de mañana podamos volver atrás y darnos cuenta tal cual fueron. Los últimos meses que él estuvo conmigo, pasó de ser el que me retaba, al papá amigo, al comprensivo. Al que entendía antes de emitir cualquier juicio. Ese con el que con una sola mirada, podías saber en qué estaba pensando o qué es lo que te quería decir. Sin darme cuenta, pasábamos mucho tiempo juntos y mi decisión de acompañarlo, se transformaba en un panorama imperdible.

Hay cosas que uno recién entiende después de la muerte, y una de ellas, fue su forma de ser y de hacer las cosas. Creo que ésto mismo, el día de hoy, me hace sentir orgullosa de lo que fue, de lo que me transmitió, de sus valores y de lo impresionante que es la naturaleza, porque no podría haber elegido tener a un papá mejor que él, pero por sobre todo, de las herramientas que me dio para que no haya ni un día que deje de sentirme feliz con la vida que tengo.

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Hugo Galdames tenía 46 años.

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Ronald (62) y Natalia Medina (27)

Desde que existe, la primera voz que escucho cada mañana, es la de mi papá. Cuando niña, él me despertaba para ir al colegio. Yo le pedía que fuera a mi cama y que me contara chistes e historias. Creo que todos los días fueron las mismas, pero eso no importaba, solo quería reírme con él a esa hora. Después me peinaba, a mí y a mis hermanas, y nos preparaba la leche como a cada una le gustaba. Aunque ya sabíamos abrocharnos los cordones de los zapatos, él siguió haciéndolo por nosotras durante muchos años. Era parte del ritual, era parte de todo lo que le gustaba de ser papá. Caminábamos al colegio y nos peleábamos por reservar una de sus manos. Siempre las tenía calentitas. En ese trayecto seguía contándonos cualquier anécdota o nos enseñaba algo. Quizás no fueron temas muy densos, porque mi papá no es un intelectual, pero sí, un gran conocedor de la vida.

Sin saberlo, siempre fue feminista, aunque hasta el día de hoy él no lo acepta. A medida que cuento esta historia, pienso en cuántos creerán que crecí sin mi mamá cerca, pero hasta hoy mis padres están juntos y mi mamá hacía todo lo que mi papá, a la par pero de otra forma. Él supo siempre que ser papá no era ayudar a la mamá con los niños, sino que era ser parte de cada detalle. De la misma forma, yo aprendí que ser hija era un trabajo complejo, y así construimos una relación en la que nuestras penas y alegrías, son las mismas. Él, bastante menos aprensivo que mi mamá, siempre me impulsó a atreverme a todo. Incluso hoy, que ya no vivo con él, me llama cada mañana para desearme los buenos días.

Trato de almorzar durante la semana con mi mamá y mi papá. Les conté que me iba de viaje con una amiga. Él dijo: “qué rico, arrienden un auto y recorran lo que más puedan”; mi mamá intervino: “eso puede ser peligroso”. Con mi papá nos miramos con la complicidad de siempre. Él me enseñó que las mujeres somos fuertes.

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Natalia, su padre Ronald y su hermano.

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Michel (49) y Francisca Varas (22)

Mi papá tenía 26 años, y mi mamá 21. Dos jóvenes, más cerca de adolescentes (ya entenderán por qué), teniendo un bebé. Yo, yo fui ese bebé. En ese entonces, mi papá no logró terminar lo que estudiaba, y sacó un técnico. Mi mamá como era menor seguía en la universidad y fue lo suficientemente obstinada para, teniéndome a mí, seguir estudiando. Decidieron que mi papá estudiaría cuando mi mamá terminase. ¿A dónde voy?, gracias a esa decisión que tomaron no sólo fui los ojos de este hombre. Fui su compañera.

Mi mamá trabajaba durante el día, de noche estudiaba y los fines de semana estudiaba. Mi papá trabajaba, y todo su tiempo libre era conmigo. Con 22 años entiendo lo increíble que es mi papá, al mirar hacia atrás y darme cuenta que me vio no sólo como su hija, sino como uno más. Así como él, no fui una niña tradicional. Me hizo a su medida. Vivíamos en el centro de Santiago, por lo que caminar para llegar a algún lado era muy común. Recorríamos las calles del centro y yo escuchaba atenta todas las anécdotas históricas que a él le encantaba recordar. Tuvimos un pasado increíble. Con el paso de los años, crecí más cercana a él que a mi mamá. Y cuando yo tenía 7 años, nació mi hermana. Luego de esto, la historia decae.

Mis papás se divorciaron, mi mamá tuvo otro hijo y nos distanciamos. Durante toda mi infancia, este hombre había sido mi héroe, compañero y amigo. Me enseñó todas las cosas ñoñas y hipster que podrían imaginar. Veíamos desde monitos de anime hasta El Padrino. Leímos Ogu y Mampato, y me enseño el mundo de Harry Potter. Cuando eso pasó, todo lo que habíamos vivido como que se apagó. Se perdió. Hasta el día de hoy me arrepiento de muchas decisiones que tomé pensando que él había sido culpable de tantas cosas de las que hoy, sé que no lo fue. Con el paso de los años, la relación con mi mamá no fue buena. Por lo que entendiendo mis derechos de adolescente, a los 14 años decidí irme a vivir con él. Era el año 2010. A pesar de estar estar en la primera década del siglo XXI, mi decisión estaba fuera de lo normal. En nuestro país, todos los hijos de papás separados viven con la mamá. Yo, lo elegí a él.

Desde ese año, vivimos juntos. Volvimos a ser lo que fuimos, y a eso debemos sumarle a mi hermana. Dos hijas mujeres que lo complementan de la forma que nunca pensó.
Mi lado, el intelectual. Al que puede hablarle de las cosas más ñoñas, hipsters y, ahora de adulta, de política. Es quien nutre toda mi inteligencia y por quien aspiro a ser alguien importante. Siempre pienso que gracias a todo lo que me enseñó y cómo lo hizo, estoy en formación para ser periodista. Mi hermana, actualmente con 15 años pertenece a la Selección Femenina de Fútbol de Chile. Ella tiene el deporte. Ella tiene la pasión que le brinda el deporte favorito de su mundo. Pero no todo podía ser perfecto, la chica le salió de la U.  Y él, es de la Cato. Aún así, veo cómo la mira en todos sus partidos: con orgullo.

Gracias por, inconscientemente, hacernos así. Sin querer queriendo, a su propia medida y tiempo. Gracias por ser papá, amigo, adolescente y por nunca dejar de confiar en nosotras. En cada paso que damos, se nota que tú estás con nosotras. El mejor papá.

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Michel Varas, junto a Francisca y Fernanda Varas.

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