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Foo Fighters vuelve con alabado disco que remite a Nirvana

Por Biut y Agencias

Nunca el principio de volver a los orígenes había sido tan literal y absoluto. En 2009, cuando Dave Grohl -ex baterista de Nirvana y uno de los músicos más inquietos de las últimas décadas- empezó a trazar el retorno de Foo Fighters, no lo hizo mirando los grandes estadios o los estudios de alto presupuesto, hábitats que hoy asoman indiscutidos para una banda de su calibre: lo hizo pensando en su casa. En el garaje trasero.

“Ahí construí un estudio sin grandes intenciones ni muchos lujos y que sólo tenía lo básico. Pensé que era el sitio ideal para el nuevo disco”, detalló en una entrevista radial transcrita por la revista FMQB. Y así fue: Wasting light, título estrenado ayer de manera oficial y que marca el regreso de la agrupación tras cuatro años, fue concebido de manera análoga, en cintas, sin computadores, pro-tools u otros maquillajes tecnológicos que decoren la obra final. En el rubro anglo, es uno de los lanzamientos más importantes y esperados de 2011.

Pero el saludo a los orígenes no se limita al carácter primitivo de las sesiones de grabación . En las mismas jornadas de 2009 que marcaron la cuna del álbum, Grohl invitó a su casa al productor Butch Vig, el mismo tras el esencial Nevermind (1991) y quien también ha acumulado fama como baterista de Garbage. Dos créditos fundamentales del grunge volvían a mirarse de frente.

Pero faltaba un último vértice. Grohl decidió invitar a su ex camarada en Nirvana, el bajista Krist Novoselic, para firmar la primera colaboración conjunta tras la trágica disolución del trío, detonada por el suicidio de Kurt Cobain. Salvo la obvia ausencia del cantante, el staff de Nevermind se volvió a juntar para reaparecer por primera vez en un disco.

Hay una pregunta lógica: ¿Cómo suena Wasting light? Pero hay otra aún más obvia: ¿Hay reminiscencias de Nirvana en el álbum más Nirvana de Foo Fighters (al menos en los créditos)? La primera interrogante fue resuelta de manera unánime por la crítica: se trata del mejor disco del quinteto desde las dos piezas que marcan su cima creativa, su debut homónimo de 1995, y The colour and the shape (1997). “Todo en este álbum es una gran patada”, definió la edición estadounidense de Rolling Stone, para referirse a su sonido metálico, pesado y agresivo, cortesía de registros trenzados de manera casera. Hay bofetadas de rock duro y metrallazos propios del punk, pero sobre todo hay un concepto que los originarios de Seattle han hecho propio en los últimos 15 años: el sonido power-pop que equilibra guitarras rudas, melodías amables y coros para las masas. Un logro que los alza como claros deudores de Cheap Trick o la faz menos lúgubre de Led Zeppelin. Un triunfo que late en temas como Bridge Burning, Rope y Dear Rosemary.

Para husmear huellas de Nirvana, la respuesta es algo más difusa: no hay referencias concretas a Cobain, pero la letra de I should have known -la oscura pieza donde Novoselic toca bajo y acordeón- traza pasajes evocativos: “No escuché tu advertencia/ Maldita sea/ mi corazón se volvió sordo/ No, no te puedo perdonar todavía / Que hayas dejado mi corazón en deuda”.

El primer reencuentro

El retorno en vivo de Grohl y Novoselic fue el pasado 21 de diciembre en Tarzana, California, donde interpretaron Marigold, un viejo tema que Nirvana editó en 1993 como lado B de Heart-Shaped Box. Ahí se vieron sueltos, casi como si hubieran dejado de tocar ayer por la tarde y desplegando todo el voltaje de los 90.

De gira y con Sudamérica en la mira

Aunque tienen pactadas presentaciones en pequeños garajes y programas de TV, la gira mundial del álbum empieza a mediados de mayo en Europa. Desde el año pasado que varias productoras locales siguen de cerca la opción de traerlos, pero aún no hay fechas cerradas.

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