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Crítica de cine: Estrenos de esta semana

Por Biut y Agencias

 

Piratas del caribe: Navegando aguas misteriosas

(Crítica por Alejandro Alaluf)

La franquicia de Los piratas del Caribe se estableció en las últimas décadas como la entretención fílmica por antonomasia de Disney. Mezclando en dosis justas aventuras, humor, efectos especiales y códigos de entretención para todo espectador, la saga es una fiel heredera de las sesiones de matinée de antaño. Como una especie de Indiana Jones dirigida a un público más infantil y, claro, sin la genialidad de Spielberg.

Esta cuarta parte trata de sacudir las no muy buenas secuelas anteriores por un recambio de tono. De partida, Keira Knightley y Orlando Bloom ya no están. En vez, tenemos a Penélope Cruz como una pirata que le hace la pelea al viejo capitán Jack Sparrow (Johnny Depp) y que, además, es la hija del villano, nada menos que el legendario pirata Barbanegra (Ian McShane). Tampoco está el director Gore Verbinski (Rango) y en su lugar, tenemos a Rob Marshall, director de Chicago. En esta ocasión, no hay  tantos personajes ni historias secundarias, y los héroes buscan la fuente de la juventud que descubriera el explorador Ponce de León. Así, la película se concentra en una sola cosa.
 Esto se agradece. Además de tener un metraje bastante más corto (que igual supera las dos horas), la historia es mucho más amable, fluida, menos surrealista y el tono -guardando obviamente las distancias- se asemeja justamente a una película de Indiana Jones. O sea, es una de las mejores entretenciones familiares actualmente disponibles en una sala de cine. Pedir más sería un pirateo.

Pirates of the Caribbean: On stranger tides
Dirección: Rob Marshall
Johnny Depp (capitán Jack Sparrow), Geoffrey Rush (Héctor Barbossa), Penélope Cruz (Angelica), Ian McShane (Barbanegra), Kevin R. McNally (Joshamee Gibbs), Astrid Bergès-Frisbey (sirena), Sam Claflin (Philip), Stephen Gram.
Acción, aventuras, comedia
Todo espectador.

 

Conocerás al hombre de tus sueños

(Crítica por Gonzalo Maza)

Hay que preguntarse hasta dónde llegará la benevolencia que se tiene con las películas de Woody Allen. Sin ser demasiado exigente, la última de las suyas que puede recordarse con algo de emoción (la intensa y definitiva Maridos y esposas) la hizo hace ya 20 años y desde entonces, los seguidores de su cine hemos sido testigos de una seguidilla de 18 películas que deben conformar un caso único en la historia del cine: el de la filmografía más autocomplaciente que se haya conocido hasta ahora.

No alcanzan a ser altos y bajos: los últimos 20 años de don Woody son puras laderas que más de alguien valora, porque de cuando en vez se asoma en sus cintas cierto diálogo de lucidez ingeniosa que no pasa del gag, del guiño cómplice o el siempre necesario chiste sexual. Pero estas últimas dos décadas poco tienen de la sorpresa y, al menos, la socarronería de los primeros 20 años de su carrera. ¿Match point? ¿Los secretos de Harry? Remedos y autoplagios de épocas mejores.

Es una curiosa involución. A diferencia de Manoel de Oliveira, que con los años se hace un director más sabio y simple, Woody Allen con lo años está más enredado y bobo. Lo suyo está en reconstruir una nostalgia por el erotismo adolescente, la infidelidad tontorrona y la neurosis urbana. Es un tanto decepcionante esta ceguera. Como si no entendiera que lo verdaderamente valioso de su cine siempre estuvo más en los silencios tormentosos que en la verborrea, en las pasiones angustiadas antes que en las liberadas y, sobre todo, en el secreto dolor de los seres anónimos que son víctimas de sí mismos. Esto es el centro de lo que mejor hizo en el cine: la pequeña tragedia cómica.

Es verdad: Woody Allen supo crear un territorio fílmico reconocible (que, por cierto, va más allá de Nueva York y sus tardes otoñales), pero cuando la madurez parecía estar a la vuelta de la esquina (en especial después de Crímenes y pecados) ese universo de pequeñeces burguesas, de egoísmos y soledades, parece haberse vuelto más una maldición y una cárcel para sus películas. De ahí no salió más.

Esta última, Conocerás al hombre de tus sueños, es otro triunfo de esa mediocridad: gira en torno a dos parejas y sus variaciones. La película parte con una anciana señora (Gemma Jones) que llega a la casa de una mentalista para encontrar consuelo a su vida, desde que su marido la dejó por una mujer más joven. La mentalista no sólo le aconseja para resolver ese asunto, sino que además, le ayuda a entender por qué su hija (Naomi Watts) sigue casada con el bueno para nada de su marido (Josh Brolin), un escritor que se quedó sin ideas después de un éxito editorial. Más adelante, cada uno de los personajes mencionados buscará una nueva pareja: la hija engancha con su nuevo jefe (Antonio Banderas), el marido con la vecina del frente y la madre con un señor calvo muy tranquilo, mientras vemos cómo el padre (Anthony Hopkins), quizás el causante de todo esto, intenta congeniar con la mujer joven y no le resulta.

Si el relato de la sinopsis parece algo insulso, no culpen al que escribió la sinopsis. La película tambalea todo el metraje, sin decidirse de qué se quiere tratar realmente, y las ideas y diálogos se aparecen como viejas armas que se ocupan, dependiendo de lo que requiera cada escena.
El resto es aire. Y la constatación de que el cine merece más respeto de parte de quienes lo realizan: no es una máquina de ejercicios para liberarse del estrés.

You will meet a tall dark stranger
Dirección y guión: Woody Allen
Naomi Watts (Sally), Anthony Hopkins (Alfie), Antonio Banderas (Greg), Josh Brolin (Roy), Gemma Jones (Helena), Freida Pinto (Dia), Lucy Punch (Charmaine)
Comedia romántica
Todo espectador.

 

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