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Un lounge universitario en el Parque Almagro

Por Biut y Agencias

Una variada clientela de estudiantes puede encontrarse una tarde cualquiera en el cibercafé de Nico Garat (26), cineasta y ex productor de eventos. Desde un joven australiano de intercambio llamando por Skype a sus papás en Melbourne, hasta una chica tumbada en un sillón azul repasando apuntes y subrayando avisos clasificados en un diario y un geek derribando torres medievales en el juego on line League of Legends.

Aunque es una hora de estudio, varios de ellos sufren el tedio de las fatídicas “ventanas” u horas muertas entre clases. Las opciones son tentadoras: irse a la casa, dormir una siesta en el Parque Almagro o instalarse en Ciberbook, el exclusivo lounge que Garat instaló hace seis meses en San Diego 560, frente a la Universidad Central.

“Originalmente, iba a ser un cibercafé convencional y oficina para trámites on line, pero a poco andar noté que el público eran estos jóvenes con tiempo libre que buscaban dónde hacer la hora entre clases”, recuerda.

Por eso, decidió un día instalar sillones mullidos y un enorme monitor de 55 pulgadas conectado a un PlayStation 3, que es la estrella de su sala de estar. A los estudiantes de Educación Física y Terapia Ocupacional de los institutos del barrio Serrano y la Universidad Central les encanta. “En vez de irse a tomar unas cervezas, se quedan acá jugando al ‘pierde paga’ en el Pro Evolution Soccer 2011”, dice sobre el cotizado videojuego de fútbol donde se puede ser Messi o el “Mago” Valdivia.

La oferta se completa con mesas de estudio donde los estudiantes de Trabajo Social vienen a tomarse un café y conversar. Hay computadores con lo último en procesadores y tarjetas de video para jugar en red, las que fácilmente soportan programas para adelantar algunas tareas que no pueden hacerse en el notebook, internet Wi Fi, el diario del día y una nutrida carta de pasteles, brownies y empanadas. El despacho a domicilio también funciona.

“La idea es que los chicos estén igual que en la casa, tomando un café más rico que el que pueden encontrar en su cocina y echados en un sillón si quieren. Imagínate una tardecita jugando Play sentado en una pera con tus amigos”, dice este emprendedor, que hasta hace poco hacía eventos en Valle Nevado para costearse los exámenes del ramo de cine en una universidad privada.

Con modestia cuenta que fue él quien inventó la popular Fiesta de la Cinta, los carretes donde según el color de una pulsera se identificaba a solteros y comprometidos. Pero cuando la noche lo aburrió, comenzó con su cibercafé. De primera, el negocio no parecía muy bullante: abría de lunes a lunes y su única estrategia era diferenciarse de los demás locales del barrio que aún tenían computadores antiguos y no eran acogedores. “En eso estaba, aburrido un día domingo a las 9 de la mañana, cuando llegó un grupo de cabros a preguntarme si podían arrendar el ciber todo un fin de semana para jugar Counter Strike, un videojuego bélico por equipos”, recuerda.

Tras una revisión de los equipos y algunas modificaciones en el mobiliario, el local quedó listo para los “tarreos” o campeonatos de juegos en línea, que son otra de sus especialidades. A raíz de esto implementó el servicio de pastelería y creó una página web.

El sitio se hizo famoso como un completo rest room en foros especializados de juego y durante el día comenzaron a llegar estudiantes de otros barrios universitarios durante sus ratos libres.

A la usanza de las salas de estar de universidades inglesas y alemanas, Garat recordó experiencias parecidas, como las que conoció en Colonia (donde los cibers universitarios están al aire libre en los campus) y la de Corea, donde hay uno de estos locales por cada cuadra. “Algo así me gustaría que instalar acá, pero no quedan lugares exclusivos para los estudiantes casi. Cada vez la ciudad los va acotando más de la casa a clases, de las clases a la casa”, sentencia.

Durante las tardes, el dueño del lounge termina un máster en Administración Comercial y, por lo mismo, se considera un estudiante, como sus clientes. Esto le ayuda a identificar, de igual a igual, las que necesidades de este grupo. “Cuando estudiaba cine yo tenía hasta tres horas libres entre clase y clase. Me quedaba con los amigos, porque ese tiempo de ocio es casi obligatorio. Las famosas “ventanas” te someten a elegir entre hacer algo útil o irte a el bar más cercano, que es lo que más abunda y prolifera cerca de las universidades”, dice Nico. “Y en ese sentido, prefiero que los muchachos pasen ese tiempo acá que vagando por la plaza”, agrega mientras observa a un joven de terno que lleva seis horas jugando en un rincón con otras personas de algún lugar del mundo.

El consumo de un café y un sándwich más internet suma en total $ 1. 500. “A veces más, porque hay hartos sibaritas entre la gente que viene a la hora de almuerzo”, revela. Por otro lado, si el promedio por hora de un ciber es de $ 400, acá la tarifa es de $ 650. El administrador separa así a su clientela entre estudiantes o quienes sólo desean navegar por la web. “Aplico en mi local el modelo Starbucks, porque mi clientela más fiel es la que usa audífonos de $ 60.000, la que trae sus propios teclados de $ 160.000, un mouse de $ 50.000 y pads. Un total que suma cerca de 300 lucas, entonces no van a ir a meterse a cualquier lado”, dice.

Abriendo una mano, aclara que en todo el país no debe haber más de cinco cafés como éste, porque -según dice- no es fácil satisfacer una demanda como ésta. “Al menos eso dicen algunos muchachos que vienen desde Temuco o Valdivia, exclusivamente a jugar en las sesiones de tarreo que se improvisan los fines de semana”.

Garat piensa que su negocio es casi como una peluquería, “porque se te exige hasta el más mínimo detalle. Si no, te salen pelando y basta con que uno lo haga para que luego sean 10. Al poco tiempo esos 10 van a ser 1.000 en redes sociales”, asegura.

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